martes, junio 30, 2026

La deconstrucción del éxito colectivo: «Scaloni, el argentino más japonés»

COLUMNISTAS INVITADOS. Desde un riguroso análisis organizacional, el criminólogo Eduardo Muñoz desentraña la identidad de la selección argentina en su columna de opinión, conectando el liderazgo de Lionel Scaloni con conceptos orientales para demostrar cómo un sistema basado en una filosofía compartida y el «kaizen» logra trascender la dependencia del talento individual.

El fútbol argentino ha cimentado históricamente su identidad sobre el altar del talento individual, esperando siempre la aparición del héroe capaz de resolver lo imposible de manera unánime. No obstante, el ciclo de Lionel Scaloni al frente de la selección nacional ha reconfigurado este paradigma al demostrar que las organizaciones extraordinarias y de alto rendimiento no se edifican alrededor de las estrellas, sino a partir de una filosofía colectiva compartida. A través de un liderazgo basado en la cercanía, la humildad y la autocrítica constante, el director técnico no anuló la genialidad de figuras como Lionel Messi, sino que diseñó un engranaje donde el sistema potencia a las individualidades, eliminando la dependencia absoluta de una sola pieza.

Este enfoque encuentra un punto de convergencia asombroso con la disciplina y el rigor metodológico propios de la cultura de Japón, particularmente a través del concepto de kaizen o mejora continua. Scaloni ha gestionado el éxito no como una meta que clausura el aprendizaje, sino como el punto de partida idóneo para seguir ajustando, rotando nombres y renovando funciones antes de que aparezcan las crisis. Al final del camino, el legado más perdurable de esta etapa no se medirá únicamente en las copas levantadas, sino en la consolidación de una estructura de trabajo capaz de sostener el rendimiento a largo plazo, transformando profundamente la manera tradicional de competir.

La columna completa de Eduardo Muñoz

Scaloni, el argentino más japonés

Cuando una filosofía vale más que un talento

Hay algo de Lionel Scaloni que recuerda más a Japón que a la tradición futbolera argentina. No porque haya estudiado allí ni porque copie sus métodos. Su liderazgo conserva rasgos profundamente argentinos: cercanía, sensibilidad, capacidad de adaptación y una enorme lectura del contexto. Lo que lo acerca a Japón es una convicción sencilla y profunda: las organizaciones más sólidas no se construyen alrededor de las estrellas, sino de una filosofía compartida.

Esa idea se refleja en gestos concretos. Reparte el protagonismo, expone poco a sus jugadores, corrige sin estridencias y nunca deja que una victoria clausure el aprendizaje. Más que administrar un plantel, construye una identidad colectiva.

Durante décadas, el fútbol argentino encontró buena parte de su identidad en el talento individual. El jugador capaz de resolver lo imposible. Scaloni no renunció a esa tradición. Hizo algo más inteligente: la organizó.

Incluso teniendo a Lionel Messi, consiguió que el verdadero protagonista fuera el equipo. Las figuras dejaron de sostener al sistema. Fue el sistema el que empezó a potenciar a las figuras.

No siempre fue evidente. Cuando asumió la selección, muchos cuestionaban su falta de experiencia y atribuían cada éxito exclusivamente al talento de Messi. Con el tiempo ocurrió lo contrario: cuanto más sólida se volvió la identidad del equipo, menos convincente resultó ese argumento.

Las grandes organizaciones no eliminan la necesidad del talento. Eliminan la dependencia del talento.

Cuando la filosofía se convierte en ventaja

Argentina y Japón suelen representarse como extremos: uno asociado a la creatividad y la chispa imprevisible; el otro, a la disciplina y la mejora sistemática. Sin embargo, cuando se trata de construir organizaciones de alto rendimiento, ambos convergen en una misma convicción: el talento individual nunca es suficiente si no está subordinado a algo mayor.

Esa coincidencia también se refleja en sus entrenadores. Como Hajime Moriyasu, Scaloni llegó sin el prestigio de los grandes nombres y terminó consolidándose por los resultados y por la identidad que construyó. Ninguno organizó un equipo alrededor de una figura. Organizaron un grupo alrededor de una idea.

Uno expresa el rigor meticuloso característico de muchas organizaciones japonesas. El otro lidera desde la cercanía y la confianza. Pero ambos entienden que un proyecto sólido siempre debe estar por encima de cualquier individualidad.

El éxito como punto de partida

En Japón existe un concepto conocido como kaizen: la mejora continua. No sostengo que Scaloni haya tomado esa filosofía de allí. Pero su forma de conducir la selección recuerda esa lógica: mejorar incluso cuando se gana.

La evolución del equipo lo demuestra. El que conquistó la Copa América de 2021 no era igual al que ganó el mundial de 2022. Y el campeón del mundo tampoco es idéntico al que hoy sigue compitiendo. Scaloni nunca dejó de corregir, ajustar y aprender. Entendió que el éxito no es una meta, sino el punto de partida para seguir mejorando.

Esa búsqueda permanente explica muchas de sus decisiones: rota jugadores, prepara reemplazos antes de necesitarlos, renueva funciones y genera una competencia interna que mantiene vivo el compromiso del grupo. Los grandes líderes no esperan la crisis para cambiar. Cambian mientras todavía están ganando.

Las organizaciones no suelen fracasar por falta de talento, sino porque dejan de aprender y el éxito reemplaza a la autocrítica.

El legado invisible

Quizás dentro de algunos años recordemos a esta selección por los títulos. Sería lógico.

Sin embargo, el legado más importante de Lionel Scaloni probablemente no sea una copa, sino una manera distinta de competir.

Habrá demostrado que liderar no consiste en encontrar héroes, sino en construir organizaciones capaces de sostener su rendimiento cuando los héroes ya no estén. Que una filosofía de trabajo puede convertirse en la mayor ventaja competitiva. Y que el respeto, la humildad, la mejora permanente y el compromiso colectivo producen resultados mucho más duraderos que cualquier inspiración individual.

El talento puede decidir un partido. Incluso puede decidir un mundial.

Pero solo una filosofía compartida puede sostener el éxito cuando cambian los nombres, las generaciones y los resultados.

Los campeones levantan copas.

Las organizaciones extraordinarias cambian la forma de competir.

Ese será, probablemente, el mayor triunfo de Lionel Scaloni.

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