Un profundo análisis del investigador Sergio F. Romero Chamorro desmitifica el alcance de las nuevas tecnologías intelectuales. A través de la historia de la ciencia, recuerda que las herramientas extienden la cognición, pero el acto subjetivo de inteligir sigue perteneciendo en exclusiva al ser humano.
¿La inteligencia artificial piensa, o solo extiende nuestro pensamiento? El investigador Sergio F. Romero Chamorro aborda este interrogante en un exhaustivo artículo de opinión publicado en 617.news. En su análisis, propone un viaje epistemológico que conecta los instrumentos astronómicos de la antigüedad con los modernos modelos de lenguaje, planteando una distinción crítica para el panorama científico actual: ayudar a pensar no es lo mismo que pensar.
Las tecnologías intelectuales y la mente extendida
Romero Chamorro comienza su argumentación recuperando el gnomon, uno de los instrumentos astronómicos más antiguos de la humanidad: una simple vara recta clavada en el suelo a pleno sol. Con este dispositivo mínimo, Eratóstenes logró medir la circunferencia de la Tierra en el año 240 a.C. midiendo la diferencia de las sombras entre las ciudades de Siene y Alejandría.
A partir de este hito, el autor introduce el concepto de tecnologías intelectuales del filósofo Pierre Lévy, señalando que «la inteligencia no está encerrada en el cráneo, sino distribuida entre el cerebro, el cuerpo y los artefactos que inventamos para conocer mejor». En sintonía con las ciencias cognitivas y la hipótesis de la mente extendida, Romero Chamorro afirma que:
«Pensar con cosas no es una metáfora poética, sino una descripción casi literal de cómo funciona la cognición humana».
Sin embargo, el investigador advierte que estas herramientas nunca son neutras. Citando al filósofo Giorgio Agamben, define a estos objetos como dispositivos con capacidad de moldear conductas y discursos. «Cada dispositivo, mientras nos extiende en una dirección, nos repliega en otra», explica, invitándonos a reflexionar sobre qué capacidades dejamos de ejercitar cuando delegamos una tarea en la tecnología.
El equívoco de la «Inteligencia Artificial»
El nudo del análisis se sitúa en la génesis de la computación moderna. El término «inteligencia artificial», acuñado en el verano de 1956 en el Dartmouth College por científicos como McCarthy, Minsky y Shannon, elevó la apuesta hacia la simulación del razonamiento humano. No obstante, Romero Chamorro señala una paradoja intrínseca en la etimología de la palabra inteligir: «resuena la idea de ‘leer entre’, ‘leer adentro’, captar lo que no está dado en la superficie».
Apoyándose en el concepto de abducción de Charles Sanders Peirce —el salto lógico que introduce una hipótesis nueva para explicar un hecho sorprendente—, el autor subraya que inteligir es, fundamentalmente, un acto subjetivo.
[Deducción] Extrae lo contenido en las premisas.
[Inducción] Generaliza a partir de casos.
[Abducción] Conjetura la hipótesis que falta (Inteligir).
Frente a esto, las tecnologías contemporáneas operan bajo otra lógica. Aunque los modelos de lenguaje actuales redactan, traducen y resumen con una fluidez pasmosa, su naturaleza es estrictamente de procesamiento de datos. Romero Chamorro plantea las preguntas de fondo: ¿procesar información equivale a inteligir? ¿Manipular signos y probabilidades equivale a leer entre líneas, a arriesgar la hipótesis que falta?
La frontera entre la herramienta y el sujeto
El artículo establece un paralelismo directo entre la tecnología analógica antigua y el silicio moderno. Así como la vara del gnomon no «sabía» de astronomía ni de la esfericidad planetaria, los sistemas de IA tampoco comprenden el material con el que operan:
«El gnomon sostuvo la sombra, pero no entendió que medía el mundo; el papel sostiene el cálculo, pero no entiende lo que calcula; el modelo de lenguaje sostiene la redacción, pero no entiende lo que escribe».
Para el investigador, se pueden delegar la memoria, el cálculo, la clasificación e incluso la redacción, es decir, «todo lo que se puede objetivar en datos, procedimientos y combinaciones formales». Sin embargo, el sentido profundo de la información requiere de un ser sintiente. «Ninguna sombra se interpreta sola; ningún archivo se pregunta por lo que guarda; ningún modelo de lenguaje necesita saber qué quiso decir», argumenta de forma tajante.
La conclusión de Romero Chamorro funciona como una advertencia para la comunidad científica y tecnológica: la confusión entre una herramienta que potencia el pensamiento y un sujeto que piensa constituye el gran malentendido de la era digital. El verdadero discernimiento radica en reconocer el inmenso valor de las herramientas para expandir nuestras fronteras del conocimiento, sin olvidar que «leer el sentido —qué importa, qué falta, qué se juega ahí— sigue siendo nuestro».
Leé las columnas completas y directas de Sergio Romero Chamorro con clic en los títulos
Pensar con cosas
¿La inteligencia artificial piensa, o solo extiende nuestro pensamiento? De la sombra de un gnomon a los modelos de lenguaje, un recorrido por los objetos con los que conocemos el mundo —y por el único acto que sigue siendo nuestro.
El Gran Simulador
A partir de la metáfora de José Asunción Silva —amar “a través de los libros”—, el artículo piensa a los modelos de lenguaje como grandes simuladores: sistemas capaces de hablar con asombrosa fluidez sobre el mundo, pero sin haberlo experimentado nunca. Entre ELIZA y los chats actuales, la pregunta ya no es solo si las máquinas entienden, sino si nosotros sabremos distinguir entre una inteligencia que produce texto plausible y una experiencia humana capaz de anclar las palabras en la vida.
La cuestión de la escala
A partir de una anécdota sobre el texto predictivo, el artículo explora una paradoja central de la inteligencia artificial contemporánea: construimos sistemas cada vez más potentes, capaces de predecir, responder y decidir, pero cuyo funcionamiento interno resulta crecientemente opaco. La cuestión no es solo técnica: cuando la escala vuelve inabarcable la comprensión, la caja negra de los algoritmos se convierte también en un problema ético, legal y político.
ELIZA, el primer chatbot, y sus efectos
Cómo Joseph Weizenbaum, un ingeniero alemán que había emigrado de niño a EE.UU huyendo del nazismo, desarrolló un programa con diversas rutinas interactivas que fue pionero.

